Cada día que tomo el bus veo el mismo gato muerto boca arriba en la banqueta con sus patitas tiesas, con una expresión de dolor interesante, como si lo hubieran envenenado, pareciese como si los últimos minutos hubieran sido de un sufrimiento maullador sofocante.
Nadie se ha atrevido a arrojarlo en los contenedores de basura, simplemente lo ve uno desintegrarse conforme pasan los días, semanas y hasta el momento dos meses.
Quise escribir acerca de el, aunque pareciera morbosa o amarillista, quise escribir algo diferente a premisas parafrasearles, a descripciones de muestras, a indicadores de estudio, algo diferente a un marco teórico o a las benditas variables y la maldición del sesgo de error de una tesis que parece interminable.
Quise apartarme de todo eso y comenzar a describir las imágenes que se me han quedado ahí en el archivo visual de mi cerebro con su pie de foto a un lado, para después comentarlo algún día. Debo confesar que aveces no son fotografías humanas las que almaceno en dicho archivo, aveces son imágenes retorcidas de sueños que van apareciendo aunque este despierta o dormida, el inconsciente me suele alertar de mi estado de salud en cualquiera de los dos aspectos antes mencionados.
He tenido la idea imaginativa de incrustar un popote de acero algo afilado en la punta de alguna de mis costillas, introducirlo lentamente hasta que tope con el pulmón para que así pueda sacar la nicotina de un par de años. Aparecería primeramente un humo grisáce y al clavarla mas al pulmón succionaría finalmente la sustancia negruzca que se pega en el y por fin respiraría sin tanto esfuerzo, correría sin cansarme tan rápido, me sentiría ligera como cuando era niña brinconteando en el cerro que era mi casa, teniendo esa sensación de ligereza tan vivida de que el viento jugaba conmigo todo el tiempo.
Una cosa siempre he conservado, la habilidad de observar el cielo, de oler lo que me rodea, de maullar con los gatos contemplando su intensa curiosidad.
